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El día de mi boda

     Contraer matrimonio es una de esas cosas con la que muchos sueñan porque es como poner el sello a toda una historia de amor, a toda una historia que ha estado llena de buenos y malos momentos, pero que han conseguido ser superados y por ello merece ser celebrado.
     Mis obstáculos nunca fueron del todo superados y una sola idea hizo que tomara aquella decisión: la imagen que todos tenían de mí, lo que mi familia y mis amigos querían que fuera de mí. Quería fijar una máscara que nunca se cayera porque desde aquel verano ya no soy la persona que creía ser. Fue un terremoto que sacudió mi vida: efímero e intenso.
     Sin embargo, el día de mi boda, cuando ya estábamos juntos y ya solo faltaba decir: "Sí quiero", pensé en ti, pensé en que estaba contrayendo tu mano y no la suya, pensé que estaba sellando contigo aquello en lo que nos convertimos, que ya era oficial y que ahora tan solo la muerte podría separarnos y que juntos, todos los días de nuestra vida, llevaríamos puesta la alianza que probaría nuestro lazo indestructible. Juraba que eras tú.

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 Exacto, ni siquiera sé cómo empezar ni por dónde, pero la cuestión es que necesito verbalizar todo lo que siento ahora mismo... Solo sé y no entiendo por qué, que te tengo presente todos los días y que, cuando no te veo, te echo de menos, aunque no lo quiera reconocer abiertamente. Solo sé que me preocupa que decidas alejarte de mí porque yo no quiero hacerlo, yo quiero seguir construyendo algo contigo. Solo sé que me da miedo meter la pata contigo y que ya no quieras dialogar conmigo. Solo sé que me importas demasiado y no comprendo por qué, bueno, sí, supongo que... ¿Te aprecio? ¿Te quiero? Supongo que... ¿Siento algo por ti? ¿El qué? ¿Amor? ¿Qué tipo de amor? La verdad es que la barrera la veo difusa porque no sé de qué manera te aprecio: no sé lo que es el amor de madre o el amor de pareja, por ejemplo, pero me preocupa no confirmar qué tipo de amor siento por ti. Supongo que solo sé que te quiero.

Una carta dirigida a la razón de mi vida

Para ti, que siempre has estado a mi lado: Te conocí cuando era muy pequeña, aunque al principio me costaba entenderte, pero con el tiempo logré hacerlo. Sin embargo, tienes un número infinito de facetas, a veces te superas con el nivel de tus historias, pero yo siempre he tratado de comprenderte porque me importas demasiado como para dejarte marchar. Con tan solo trece años, supe que quería pasar el resto de mi vida contigo, así que busqué algo que me permitiera estar a tu lado y así fue. Mi adolescencia fue transcurriendo, contigo siempre en mi pensamiento: cada decisión que debía tomar respecto a mis estudios la consultaba siempre contigo porque tú eras y sigues siendo mi guía. Mi salto definitivo llegó cuando entré en el Grado, donde podía pasar todavía más tiempo a tu lado y donde tú pudiste contarme más historias… ¡Qué bonitos años, los mejores de mi vida! Cuatro años después, con veintidós años, contraje por fin matrimonio contigo… ¡Qué felicidad! ¡Ya nada podrá separarnos!...