Cuando estaba en el cielo, tú me cuidabas desde muy cerca: me acompañabas y me protegías, siempre pendiente de mi comodidad. Eras un ángel que nunca ocultó su rostro. Los dos siempre en silencio; me reconcomía saber en qué pensabas o si simplemente dormías bajo el Sol o si te limitabas a transcribir música para no pensar en mí o para hacer tiempo hasta que decidiera abandonar el cielo.
Nunca te dije, ni siquiera cuando estábamos juntos, que tu sola presencia me impedía concentrarme en mis lecturas, pero qué decir: prefería perder una mañana de trabajo a tener que pasar un solo minuto en el cielo sin mi ángel de la guarda.
Comentarios
Publicar un comentario